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OCTUBRE. LAS NIÑAS, LAS MUJERES RURALES Y LAS ADULTAS MAYORES

Cuando se mira la realidad desde la perspectiva de género y los derechos humanos, es necesario no solo mirar la situación actual sino proponer una diferente, en donde de manera general permee la igualdad de género, la diversidad social y el respeto irrestricto a los derechos de todas las personas.

 

En Octubre, conmemoramos 3 fechas relevantes en las que se visualiza el avance que se ha obtenido para el reconocimiento y garantía de los derechos tanto de las niñas, las mujeres rurales como de las adultas mayores (1, 11 y 15 de Octubre). En esta ocasión la Red Nacional de Refugios dedica su espacio para reflexionar y para proponer.

 

El 11 de Octubre se conmemora el Día Internacional de la Niña, fecha que busca la promoción de los derechos humanos de las niñas, visualiza las desigualdades de género que sigue existiendo entre niñas y niños y retoma en el análisis, las diversas formas de discriminación y abuso que sufren las niñas en todo el mundo. Es justo desde el enfoque de la perspectiva de género que hay que entender la situación de las niñas. La edificación del género, entendido como las construcciones sociales y culturales asociadas al deber ser de las mujeres y de los hombres en un determinado tiempo y espacio, implica su instalación e introyección desde la niñez. En el caso específico de las niñas, desde su nacimiento se les asocia a términos peyorativos y minimizadores en relación a los niños. Es fácilmente reproducida la idea de entender que si se nace niña, las atribuciones sociales asignadas son las de debilidad, fragilidad, servicio, emotividad, entre otras, frente a las de los niños, que denotan fuerza, poder, agilidad, objetividad. Estas atribuciones, que no son más que estereotipos discriminadores, violentos y sexistas, son reproducidas en todos los espacios públicos y privados, tales como la escuela, la familia, los medios de comunicación, las religiones, los deportes, la política, la publicidad, etc. Su reproducción es tal, que se naturalizan y por tanto se invisibilizan. Son reproducidos en el lenguaje, en los colores, en los juegos y juguetes, en la ropa, los olores, los deportes, los dibujos animados, programas televisivos, películas, y un sinfín de medios y posibilidades. Ejemplos de ellos está en asociar el color rosa a las niñas y el azul a los niños, asumiendo que uno le pertenece a ellas y el otro a los niños, y erigiéndolos como símbolo de identificación para cada sexo. Ejemplo también en el lenguaje, ya que suelen usarse diminutivos para expresarse de las niñas, desde su nombre hasta su ropa (tales como “Rosita”, “vestidito”, “juguetito”, etc.) pero también denotando que el ser niña es algo inferior al ser niño, o incluso es algo desfavorable para el futuro. En los juguetes y juegos, están aquellos que solo fomentan el cuidado y el servicio de alguien más o que implican la reproducción de roles domésticos, tales como aprender a cocinar, a hacer el súper, a cuidar bebes, a tener una familia, etc., todos estos juegos y juguetes en sí, no tienen un mensaje negativo, pero cuando se utilizan y se identifican exclusivamente para las niñas, entonces la carga socio-cultural implica su estereotipación y por tanto sexismo. Hemos dado ejemplos del lenguaje, de los juegos y juguetes, así como de los colores, y podríamos continuar con una vasta diversidad de ejemplos, sin embargo la intención no solo es visualizar ello, sino reconocer como desde la infancia se reproducen estos estereotipos.

 

 

 

Así, desde la niñez entonces la reproducción de los estereotipos es tan fuerte y se llega a arraigar tanto que incluso resulta difícil distinguir entre lo propio del sexo y lo relativo al género. De esta manera, es necesario hacer una pausa y aclarar ambos conceptos:

 

a) El sexo son el conjunto de características físicas, biológicas, anatómicas y fisiológicas de las personas, que los definen como mujer u hombre. El sexo viene determinado por la naturaleza, es una construcción natural, con la que se nace. (ONU Mujeres).

 

b) Género. Es el conjunto de características sociales, culturales, políticas, psicológicas, jurídicas y económicas que la sociedad asigna a las personas de forma diferenciada como propias de mujeres y hombres. Los géneros son construcciones socioculturales que varían a través de la historia y se refieren a los rasgos psicológicos y culturales que la sociedad atribuye a lo que considera "femenino" o "masculino" mediante la educación, el uso del lenguaje, la familia, las instituciones o la religión. (ONU Mujeres).

 

Por lo que entonces el sexo alude a las diferencias entre mujer y hombre, es una categoría física y biológica. Mientras que género (femenino o masculino) es una categoría construida social y culturalmente, se aprende y, por lo tanto, puede evolucionar o cambiar.

 

Así, desde la niñez entonces la reproducción de los estereotipos es tan fuerte y se llega a arraigar tanto que incluso resulta difícil distinguir entre lo propio del sexo y lo relativo al género. De esta manera, es necesario hacer una pausa y aclarar ambos conceptos:

 

a) El sexo son el conjunto de características físicas, biológicas, anatómicas y fisiológicas de las personas, que los definen como mujer u hombre. El sexo viene determinado por la naturaleza, es una construcción natural, con la que se nace. (ONU Mujeres).

 

b) Género. Es el conjunto de características sociales, culturales, políticas, psicológicas, jurídicas y económicas que la sociedad asigna a las personas de forma diferenciada como propias de mujeres y hombres. Los géneros son construcciones socioculturales que varían a través de la historia y se refieren a los rasgos psicológicos y culturales que la sociedad atribuye a lo que considera "femenino" o "masculino" mediante la educación, el uso del lenguaje, la familia, las instituciones o la religión. (ONU Mujeres).

Si las personas no reparamos en distinguir entre lo biológico y lo socio-cultural difícil será desentrañar y prevenir acciones y omisiones que atentan contra la dignidad de las niñas. Si no nos detenemos en este análisis, daremos por hecho que las cosas están dadas, que las situaciones, colores, olores, ropa, juguetes, etc., han sido hechos y determinados naturalmente, sin visualizar lo que detrás de ello hay. Si continuamos con estas determinaciones entonces seguiremos permitiendo que las atribuciones sociales sigan mitificando lo que significa ser mujer desde la infancia, se seguirá permitiendo que a las niñas se les trate como sujetas inferiores, de tal forma que sigan sucediendo cuestiones tales como atentados a sus derechos humanos tales como la salud, la educación, la alimentación, la libertad, la igualdad y la recreación. Y es que desde esta visión parcializadora las niñas no solo son sujetas de discriminación y violencia por su sexo, sino por la edad.

Parte de las desigualdades y discriminaciones que viven las niñas son aquellas referentes a la educación. De manera generalizada las niñas estudian menos que los niños (por razones de género) ya que socialmente se les ha asignado un rol de desempeño privado, en donde se les obliga en parte a hacerse cargo de las actividades domésticas, siendo este un factor para que abandonen sus estudios, además de destinarles un futuro hacía la dependencia de un hombre, quien fungirá como su pareja. En México, a nivel nacional una mujer estudia en promedio 8.4 años, frentes a los de 8.7 años que en promedio estudian los hombres. (INEGI, 2010), En tanto el analfabetismo, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del 2010, 6 de cada 100 hombres y 8 de cada 100 mujeres de 15 años y más no saben leer ni escribir. (INEGI, 2010). Estas cifras son solo un reflejo de la desigualdad que existe entre las niñas y los niños y que permea en su edad joven y adulta.

 

PORCENTAJE DE LA POBLACIÓN DE 15 O MÁS AÑOS ANALFABETA POR GÉNERO (1990. 2000 y 2010)

Cada vez más, la defensa de los derechos de las niñas está recibiendo apoyo a través de la aprobación de la meta incluida en los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas de aumentar el nivel educativo entre niñas y niños con el fin de lograr la igualdad. Sin embargo pese a que actualmente las estadísticas de niñas y niños que reciben educación primaria en la mayor parte del mundo son equitativas, pocos países han logrado alcanzar esa meta en todos los niveles de la educación. Según el Informe sobre los Objetivos del Milenio de 2014, en 2012, 781 millones de personas adultas y 126 millones de personas jóvenes en todo el mundo carecen de las habilidades básicas de lectura y escritura, y las mujeres representan más del 60 por ciento de ambos grupos. Incluso en los casos en los que se anima a las niñas a seguir con su educación, éstas se enfrentan a retos importantes que dificultan su asistencia continuada, ya que en ocasiones les corresponde realizar una cantidad desproporcionada de tareas en el hogar debido a las costumbres de muchas regiones del mundo.

 

Justamente la educación, el acceso de las niñas a la misma y a la formación profesional son la base del desarrollo de las comunidades y la herramienta fundamental para que la desigualdad cambie, ya que cuando una niña va a la escuela, desarrolla su conocimiento y habilidades y le permite tomar mejores decisiones en su vida adulta. Abrirse a nuevas ideas puede significar un cambio de actitud, por eso en los niños también es algo imprescindible ya que en un estudio realizado en 6 países confirmó que los hombres jóvenes y aquellos con más educación tenían una visión más equitativa en cuestiones de género, que sus madres y padres. (ONU)

El propósito de poner fin a todas las formas de discriminación contra las niñas es un compromiso de ambos actores: el gobierno y la sociedad. Este propósito solo se ha cumplido parcialmente, debido a que se deben aumentar y reforzar los esfuerzos, políticas y programas que se han puesto en marcha, estos deben de tomar en cuenta las distintas necesidades de las niñas en cuanto a protección ante la explotación sexual y física, el maltrato infantil, la discriminación en todas sus formas incluida en la educación, y una mayor profundización sobre las dificultades a las que se enfrentan las niñas hoy en día.

Si no se ponen barreras para prevenir, atender y erradicar la discriminación y violencia contra las mujeres desde la infancia, estas conductas que atentan contra su dignidad tenderá a invisibilizarse y naturalizarse, enfrentándose entonces ellas en su vida adulta a situaciones que permeen y reiteren la violencia de las que son víctimas y por tanto repercutiendo en su bienestar físico y emocional.

Y es que también en la edad adulta es cuando las mujeres son víctimas de este tipo de acciones y omisiones que atentan contra ellas, sin distinción de condición económica o educativa, de lugar de residencia o de cualquier otra situación. Sin embargo, hay factores que ponen en situación de mayor vulnerabilidad a las mujeres frente a la violencia y justamente una de ellas es vivir en un contexto rural.

 

Las mujeres de las zonas rurales cumplen muchas funciones y sus obligaciones y conocimientos difieren de los de los hombres. Como agricultoras, siembran, deshierban y cosechan cultivos alimentarios y cuidan el ganado. En su papel de cuidadoras, atienden a sus hijas e hijos y familiares, preparan la comida y se ocupan de los quehaceres domésticos. En muchos casos, ganan ingresos adicionales como asalariadas o gracias a que producen y venden hortalizas o participan en el comercio o empresas en pequeña escala.

Y es que también en la edad adulta es cuando las mujeres son víctimas de este tipo de acciones y omisiones que atentan contra ellas, sin distinción de condición económica o educativa, de lugar de residencia o de cualquier otra situación. Sin embargo, hay factores que ponen en situación de mayor vulnerabilidad a las mujeres frente a la violencia y justamente una de ellas es vivir en un contexto rural.

 

Las mujeres de las zonas rurales cumplen muchas funciones y sus obligaciones y conocimientos difieren de los de los hombres. Como agricultoras, siembran, deshierban y cosechan cultivos alimentarios y cuidan el ganado. En su papel de cuidadoras, atienden a sus hijas e hijos y familiares, preparan la comida y se ocupan de los quehaceres domésticos. En muchos casos, ganan ingresos adicionales como asalariadas o gracias a que producen y venden hortalizas o participan en el comercio o empresas en pequeña escala.

 Además de llevar a cabo estas múltiples tareas, transcurren muchas horas recogiendo agua y leña. En los países en desarrollo de las mujeres suelen trabajar 12 horas más que los hombres cada semana. (FIDA, 2012).

 

Las mujeres rurales desempeñan una función clave de apoyo a sus hogares y  comunidades para alcanzar la seguridad alimentaria y nutricional, generar ingresos y mejorar los medios de subsistencia y el bienestar general en el medio rural. Contribuyen a la agricultura y a las empresas rurales y alimentan las economías tanto rurales como mundiales. Cada día alrededor del mundo, las mujeres y niñas rurales se enfrentan a continuas limitaciones estructurales que les impiden disfrutar plenamente de sus derechos humanos y dificultan sus esfuerzos por mejorar sus vidas y las de aquellos a su alrededor.

Pese a sus numerosas obligaciones, las mujeres tienen mucho menos acceso a los recursos y servicios que necesitan para incrementar su productividad e ingresos y aligerar la carga de trabajo doméstico. Las mujeres están en una situación de rezago porque carecen de instrucción, no cuentan con derechos de propiedad equitativos y ejercen un control limitado sobre los recursos. Además, sus actividades absorben mucho tiempo y mano de obra, lo que dificulta las posibilidades de ganar más ingresos. Para que las comunidades crezcan y prosperen, hay que ocuparse de las necesidades y los derechos de la mujer.

 

Para comprender la situación de la mujer rural es indispensable examinar cabalmente la diversidad de sus experiencias en el contexto rural cambiante, incluida su posición en las estructuras familiares y comunitarias; la distribución del trabajo entre los sexos; su acceso y control de los recursos; y su participación en la toma de decisiones. Las mujeres de las zonas rurales no constituyen un grupo homogéneo; hay diferencias importantes basadas en la clase social, la edad, el estado civil, el origen étnico, la raza y la religión. En muchos países los estereotipos de género y la discriminación niegan a la mujer rural un acceso equitativo y el control de la tierra y de otros recursos productivos, oportunidades de empleo y de actividades generadoras de ingresos, acceso a la educación y a la atención de la salud y oportunidades de participación en la vida pública. (ONU, 2009).

Los cambios que se están desarrollando en las zonas rurales repercuten directamente en la vida de la mujer tanto en forma positiva como negativa. Los cambios económicos pueden agudizar la desigualdad de género, al priorizar su atención y ejecución en hombres. Así como los programas de privatización de la tierra, por ejemplo, pueden perjudicar derechos tradicionales de la mujer respecto del uso de la tierra. Por otro lado, el acceso más amplio de la mujer al empleo remunerado y a la obtención de ingresos en algunas regiones puede afectar positivamente a la dinámica interna de las familias y a la concepción acerca del papel  de la mujer en la sociedad. Muchas mujeres, en particular entre las jóvenes, han comprobado que las fuentes independientes de ingreso les dan confianza para poner en tela de juicio criterios tradicionales sobre el papel de la mujer rural en la familia y en la sociedad y para impugnar los prejuicios de género en el acceso a los recursos.

 

A pesar de la atención prestada a la mujer rural en ámbitos internacionales y sobre todo en la economía, como en la Plataforma de Acción de Beijing, en la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer y en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en los que se reconoce su contribución, la mujer rural sigue haciendo frente a graves dificultades para cumplir con eficacia sus múltiples papeles en la familia y en la comunidad. Sus derechos y sus prioridades frecuentemente no se abordan suficientemente en las estrategias nacionales de desarrollo, ni tampoco la política de igualdad de género. Para tratar con eficacia los nuevos problemas, como serían el cambio climático y la crisis alimentaria, hace falta la plena participación de la mujer.

Partiendo entonces del anterior análisis, es necesario tener un abordaje integral de la situación de las mujeres rurales como conjunto heterogéneo y atendiendo la complejidad de su realidad. Se deben robustecer los esfuerzos para mejorar la condición de las mujeres y crear oportunidades de empleo para ellas, tal como los proyectos instalados en América y África donde a través de cursos de capacitación y alfabetización se ha disminuido la carga de trabajo doméstico de las mujeres y se han generado oportunidades de obtención de ingresos, aunado a que mejoran las condiciones económicas de las familias. Además, las mujeres se han percatado de que a medida que adquieren una mayor independencia económica, las relaciones con los hombres se van modificando. (FIDA)

 

Los programas y proyectos apoyados por el organismos internacionales tienen por objetivo apoyar a las mujeres a acceder a los recursos y a participar en el proceso de adopción de decisiones, así como asegurar que mujeres y hombres se beneficien más equitativamente de las iniciativas de desarrollo. Según estos mismos organismos, las mujeres pueden ser un motor poderoso en la lucha contra la pobreza, por lo que es necesario defender sus derechos sobre la tierra, aumentar su acceso al agua, la educación, la capacitación y el crédito, y reforzar su función de liderazgo.

Es necesario abrir los caminos de acceso de la mujer rural a las infraestructuras en zonas rurales tanto como garantía de sus derechos humanos y como factor que posibilite la reducción y erradicación de la pobreza y el hambre. Es imperativo también el empoderamiento económico, el acceso a educación de calidad y a programas que contribuir a reducir la brecha de desigualdad de las niñas y mujeres rurales. Y es que solo a través de un trabajo armonizado entre gobierno y sociedad, podremos abatir ese rezago que viven en los contextos rurales, así como mejorar las condiciones en las que se desenvuelven las mujeres, priorizando la igualdad de género y la vida libre de violencias y discriminación.

 

Hemos comentado que esta situación de discriminación, no distingue por su mismo poder de invisibilización e introyección, condiciones sociales, económicas o políticas, sin embargo hemos reparado que en el caso de las  mujeres rurales, se exponen mayormente los factores de discriminación.  Así mismo, es necesario mencionar que por edad, las mujeres viven de manera cotidiana diferentes formas de discriminación y violencia, de tal forma que las mujeres adultas mayores se deben enfrentar diariamente a barreras que niega, imposibilitan o disminuyen sus derechos humanos.

Es necesario abrir los caminos de acceso de la mujer rural a las infraestructuras en zonas rurales tanto como garantía de sus derechos humanos y como factor que posibilite la reducción y erradicación de la pobreza y el hambre. Es imperativo también el empoderamiento económico, el acceso a educación de calidad y a programas que contribuir a reducir la brecha de desigualdad de las niñas y mujeres rurales. Y es que solo a través de un trabajo armonizado entre gobierno y sociedad, podremos abatir ese rezago que viven en los contextos rurales, así como mejorar las condiciones en las que se desenvuelven las mujeres, priorizando la igualdad de género y la vida libre de violencias y discriminación.

 

Hemos comentado que esta situación de discriminación, no distingue por su mismo poder de invisibilización e introyección, condiciones sociales, económicas o políticas, sin embargo hemos reparado que en el caso de las  mujeres rurales, se exponen mayormente los factores de discriminación.  Así mismo, es necesario mencionar que por edad, las mujeres viven de manera cotidiana diferentes formas de discriminación y violencia, de tal forma que las mujeres adultas mayores se deben enfrentar diariamente a barreras que niega, imposibilitan o disminuyen sus derechos humanos.

Es necesario hacer una pausa en este punto ya que el envejecimiento demográfico que enfrentan países de América Latina, (definido como el incremento de la proporción de las personas de 60 años y más con respecto a la población total)  se produce como resultado del descenso de las tasas de fecundidad y de la mortalidad adulta, sin embargo es necesario que se analice desde una vertiente de género, ya que se habla en la actualidad de una feminización de la adultez mayor, porque en general, a medida que se eleva la edad de una población se acrecienta la proporción de mujeres, hecho que se origina en la mortalidad según sexo y que repercute en una mayor esperanza de vida para las mujeres (Villa y Rivadeneira, 1999).

 

De acuerdo a las proyecciones estadísticas, para el 2050 en México habrá 36 millones de adultas y adultos mayores que demandarán servicios especializados: 12 millones requerirán de un puesto de trabajo; 3 millones vivirán solos (as), 8 millones serán viudas, 1 millón permanecerá en el asilo y 15 millones tendrán problemas de movilidad. Lo que implica que las políticas públicas mexicanas deberán orientarse a subsanar las problemáticas que se vislumbran. El proceso de envejecimiento implica, sobre todo para las personas adultas mayores de los países en desarrollo, la reducción de oportunidades para generar ingresos y acceder a servicios de salud, esparcimiento, alimentación, cuidados especializados, etc. Esta situación aumenta la situación de vulnerabilidad de mujeres adultas mayores, ya que el envejecimiento en estas circunstancias aumenta los riesgos de vivir la última etapa del ciclo vital en condición de pobreza. (CEAMEG)

Las mujeres adultas mayores enfrentan una realidad especialmente difícil. Los estudios y las estadísticas recientes muestran que las mujeres tienden a tener una  expectativa de vida más larga a los hombres, lo cual no quiere decir que dicha longevidad vaya acompañada por una óptima calidad de vida. Por el contrario, viven una pobreza más profunda en la tercera edad, dado que las mujeres, a lo largo de su vida, han tenido menor acceso a la educación y se han encargado en gran parte del cuidado de las niñas y de los niños, tienden a trabajar en el sector informal, en trabajos menos estables y con sueldos menores. Esto limita a las mujeres en su capacidad de ahorrar y tener seguridad económica en su vejez.  Además, muchas mujeres adultas mayores cuidan a sus nietas y nietos sin recibir algún tipo de apoyo familiar (HelpAge Internacional, 2008).

Si desde la niñez, la juventud y la adultez, se va enraizando los estereotipos y la desigualdad de género, esto tendrá repercusiones en la configuración de los sistemas de seguridad social y del mercado laboral, legitimando el mantenimiento de los papeles tradicionalmente asignados a cada género, así se define a las mujeres como dependientes económicas de los hombres y por tanto a lo largo de su vida se impide su acceso al mercado laboral en igualdad de condiciones con los hombres, lo que obstaculiza la seguridad social vía el empleo. Ello implica un mayor número de mujeres desprotegidas y dependientes de la asistencia social y el apoyo familiar en la vejez (Molyneux, 2007; Dion, 2007). La esperanza de vida mayor para las mujeres también aumenta las posibilidades de enfrentar la viudez sin el beneficio de patrimonios a su nombre o pensiones.

 

Si a lo anterior sumamos la desigualdad educativa que tienen las mujeres en relación a los hombre, podemos vislumbrar que esto limita el acceso de las mujeres a mejores condiciones de vida pues impide el acceso a información, a la toma de decisiones libre y al conocimiento en general, herramientas básicas para el empoderamiento de las mujeres y para su inclusión en el espacio público, derivando en exclusión de las mujeres adultas mayores.

Es decir, las mujeres adultas mayores enfrentan rezagos en educación, salud, empleo, etc., pero hay que sumar la movilidad de las personas jóvenes y adultas a otros estados o países, dejando por tanto sus localidades compuesta por niñas, niños, adolescentes y adultas mayores, incidiendo con ello de manera directa en los altos índices de marginación y bajos niveles de desarrollo humano que se presentan.

 

Especial atención se requiere en lo que respecta a la situación de las mujeres adultas mayores indígenas, quienes viven mayoritariamente en situación de pobreza, sus roles sociales suelen estar circunscritos a las labores domésticas, además de ser común su exclusión en la herencia de bienes materiales. El rol de género subordinado de las mujeres indígenas se agudiza en la vejez; ya que si en la infancia y juventud enfrentaron dificultades en el acceso a la educación, imposición del matrimonio, sumisión al esposo, entre otras limitaciones; cuando se llega al período de vejez, esas restricciones suelen acentuarse (CEAMEG, 2008). Si bien es importante subrayar que estas situaciones de discriminación y exclusión social no son exclusivas de las mujeres indígenas, sino que refieren a una realidad compartida por amplios sectores de mujeres en México.

 

Ante tales dimensiones y magnitud de las demandas de este sector de la población, aunado a problemas como la falta de igualdad de oportunidades y las inequidades de género que sufren las mujeres adultas mayores, se vislumbran retos estructurales para el país que debe responder a la situación de pobreza, marginación, discriminación y subordinación en que vive gran parte de las adultas mayores.

En este contexto, se pone de manifiesto la necesidad de tener instrumentos, mecanismos y medidas de política pública acordes a las necesidades de atención que demandan las adultas mayores como un requerimiento imperativo. Ello implica considerar las desigualdades de oportunidades y las diferencias de género en el diseño de la agenda pública, a fin de no minimizar la atención específica que requieren las mujeres adultas mayores, con base en su condición y posición de género.

 

Si entonces, hacemos un análisis integral y contemplamos que la desigualdad de género, que se reproduce desde la niñez, en diferentes y por diversos medios, trae repercusiones en el bienestar físico y emocional de las niñas, posibilitando y justificando la discriminación y la violencia, y que si no se frena repercute en la adultez de las mujeres, independientemente de su contexto rural o urbano y consecuentemente en la adultez mayor, es necesario que atendamos tal situación. Es necesario difundir y promover la perspectiva de género como herramienta que tiende a la igualdad entre mujeres y hombres. Es necesario acabar con la discriminación de género que afecta a millones de niñas, adultas y adultas mayores en todo el mundo, a través de la educación y la comunicación de sus derechos. En la Red Nacional de Refugios a propósito del 1 de Octubre Día Internacional de la Tercera Edad, del 11 de Octubre Día Mundial de la Niña y 15 de Octubre Día Mundial de la Mujer Rural, dedicamos nuestro espacio al anterior análisis y reiteramos la necesidad de seguir sumando acciones a favor del respeto y garantía de todos los derechos de todas las mujeres.

 

 

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